
Al salir de casa dejé la lucidez apagada
sin darme cuenta,
esa tarde tampoco había oxígeno en el supermercado,
ni los recuerdos tenían tiempo de hacer memoria.
Y desapareciste.
Aún se adivina en tus ojos
un eclipse pertinaz,
el olvido terrible,
la asepsia imposible de unas manos
recorriendo la piel.
Nada fue más cartesiano que amarte.
Nada tan efímero
como rosas en agua de colonia.
Los errores crecen como secuoyas.
En el amor no hay paz.
Cuando llegué
tus cabellos eran tu manta.
La habitación hablaba sola.
Y tú no estabas.
Me arrodillé a respirar por tí,
a suplicar a los planetas ramos de flores.
No sabía que ya te habías ido.
Los sentidos eran vértices afilados,
agujas de acupuntura para la soledad.
Ahora, cuando veo pasar las estaciones
siento frío.
La oscuridad es un mundo lento.
Inevitablemente buscaré la luz de los vivos,
empaparme de existencia,
a no ser
que yo mismo
sea el hierro del que he estado huyendo.
©Chema Laranxeira
Imagen ©Chema Laranxeira


