sábado, abril 17, 2004


Con un suave balanceo
me acerco a tu puerta
y te llamo, vegetal y submarino,
dispuesto a edificar
sin apenas geometrías.
Una ligera brisa,
del calibre de un beso,
susurra que dentro, casi campestre,
te meces entre canciones de cuna.
Inmóvil, embarazado de rosas,
espero a que abras
y que partas en dos este invierno.

Yo te tengo sin testigos
y soy capaz de cambiarme entre bastidores
y arrojarte toda la humedad
que el tiempo me ha dejado en herencia.

Yo te mostré mis heridas
y tú, con la suavidad
de la madera pulida,
te tiendes espacial
y golpeas una a una
cada desdicha con piel de tigre,
enlutadas telarañas
que, con razón o sin ella,
gasté al comprar tanta luz
para tan poca casa.

Yo tuve un rostro
y tú con una empuñadura
del mas humano cielo,
quemaste las torres
e izaste la bandera
del más puro ecuador.

Yo solo quiero quedarme,
quedarme inoxidable
en tu regazo
y dejar que de sangre
hagas lenguajes

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