martes, abril 20, 2004



Me crié entre piedras
de estrechos ojales.
No sé si el ajetreo
entre el barrio del caos
y el de la inocencia
acabó desangrando en melancolía
o si el lento goteo
de inviernos
y crustáceos sueños
me dejó desnudo
y amortajado por el frío noroeste.
Ambos me temo.

Y crecí,
crecí de contrastes en bajorrelieve,
de libar las esquinas de los alambres,
como si fuera posible
crecer entre tanta humedad
y permanecer higrófobo y aéreo,
apenas sin dificultad,
como una ameba lunar,
o un mediterráneo en el océano.

Dando un rodeo
vegetal, no, no me muevo,
esperé,
esperé a que estirara el cielo,
a que, con lúpulo en la boca,
el porvenir me circuncidara asimétrico.

Y llegó,
llegó con alfombras rojas
y un suave contoneo,
femenina y glacial,
primitiva y en celo.
Era diciembre
y en las cuencas del deseo
chisporroteaban arco iris de catéteres indoloros,
no, no los siento,
y fui feliz,
horizontal como un eiffel cubista,
mineral a pesar del movimiento.

Luego, con un par de letras,
hice un mecano de cuentos
y lo perdí,
lo perdí como se pierden los cuentos,
entre las matemáticas del tiempo.

© Chema Laranxeira
Imagen: Tapiz ©Chema Laranxeira